Atahualpa Yupanqui: El arriero sigue

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Se cumple otro aniversario del nacimiento del poeta y trovador argentino Atahualpa Yupanqui.

“Y así voy por el mundo, sin edad ni destino. Al amparo de un cosmos que camina conmigo. Amo la luz, y el río, y el silencio, y la estrella. Y florezco en guitarras porque fui la madera”. Con una cosmovisión tan intensa ¿cómo no iba a dejar huella este arriero del canto y de la militancia por la vida?

Su guitarra no tuvo estuche.

Aunque cantaba que le tenía rabia, fue uno de los grandes voceros del silencio, que era y a veces sigue siendo la manera de comunicarse los pueblos que se saben los códigos originarios.

“El destino del canto era serio, porque estaba ligado al destino del hombre”.

En el norte del sur de América se le admiró siempre aunque no se le conociera. Se trataba de hermosos y profundos temas de los que no se nombraba al autor. Si se buscaba el crédito autoral en los discos se leía: DenD, o DR. Es decir, Derechos en depósito o reservados, miserables fórmulas mercantiles creadas para no cancelar los ya de por sí esquilmados estipendios a los creadores.

Más tarde o más temprano se sabría que esos temas pertenecían al alma universalmente argentina de Atahualpa Yupanqui, el cantor nacido hace 116 años, el que siempre militó en las filas profundas del pueblo de a pie, el que visibilizó más allá del paisaje, al hombre del campo que vive en él, con sus dramas y su poesía.

“El arriero va/ el arriero va…”

Cuando se está en el territorio argentino, hermoso y al Sur, con lo que más tropieza cualquier visitante en con el sentido de pertenencia de ese pueblo en relación a sus valores culturales. Todos hablan con respeto (los quieran o no) de Jorge Luis Borges, de Astor Piazzolla, de Carlos Gardel, de Jorge Cafrune, de Rodolfo Mederos, de la Negra Mercedes Sosa, del eterno poeta Almafuerte, del ‘polaco’ Roberto Goyeneche, de Julio Cortázar… Y todos tienen, ahí sí unido el respeto al cariño, la referencia inconmensurable de Héctor Roberto Chavero, el Atahualpa de todos, surgido el 31 de enero de 1908 a la vida. (Algunas versiones indican el 22 del mismo mes y año).

«En aquellos pagos del Pergamino nací, para sumarme a la parentela de los Chavero del lejano Loreto santiagueño, de Villa Mercedes de San Luis, de la ruinosa capilla serrana de Alta Gracia. Me galopaban en la sangre trescientos años de América, desde que don Diego Abad Martín Chavero llegó para abatir quebrachos y algarrobos y hacer puertas y columnas para iglesias y capillas (…) Por el lado materno vengo de Regino Haram, de Guipúzcoa, quien se planta en medio de la pampa, levanta su casona, y acerca a su vida a los Guevara, a los Collazo, gentes ‘muy de antes’…» («El canto del viento», I ).

Desde pequeño la guitarra sería su novia. «Muchas mañanas, la guitarra de Bautista Almirón llenaba la casa y los rosales del patio con los preludios de Fernando Sor, de Costes, con las acuarelas prodigiosas de Albeniz, Granados, con Tárrega, maestro de maestros, con las transcripciones de Pujol, con Schubert, Liszt, Beethoven, Bach, Schumann. Toda la literatura guitarrística pasaba por la oscura guitarra del maestro Almirón, como derramando bendiciones sobre el mundo nuevo de un muchacho del campo, que penetraba en un continente encantado, sintiendo que esa música, en su corazón, se tornaba tan sagrada que igualaba en virtud al cantar solitario de los gauchos» («El canto del viento», II).

Los ejes de mi carreta

No pudo acceder a estudios completos debido a la situación económica familiar y a los constantes traslados que ya a los 9 años lo llevaban a Tucumán y más adelante a Buenos Aires, Entre Ríos, el Uruguay, Santa Fe, Rosario, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, La Puna, La Rioja, etc.

Se ganó el sustento de muchas maneras: Hachero, arriero, cargador de carbón, entregador de telegramas, oficial de escribanía, corrector de pruebas y hasta periodista, pero sin abandonar nunca la sonoridad de la guitarra ni la musa inspiradora de su tránsito vital, según quienes han estudiado en profundidad su vida y obra.

“El hombre, carne de pueblo, levantando de los pastos un canto, abrigándolo con su amor y su sueño, lavándolo con su esperanza, y usando como un arco la guitarra, lo devuelve al viento para que lo lleve lejos, en su vuelo infinito y misterioso” (Yupanqui)

En 1922, a los 14 años, adoptó para siempre su nombre de batalla. No eligió cualquier nombre, no. Chavero eligió uno quechua: Atahualpa Yupanqui, “el que viene de viejas tierras para decir algo”. Tenía clara su condición de juglar, que ya para la década de los treinta se materializa en discos. Pocos años más tarde publica sus primeros libros: «Piedra Sola» (Jujuy) en 1941 y «Aires Indios» (Montevideo) en 1943.

Entre idas y venidas, entre pueblo y pueblo Atahualpa Yupanqui hizo de Camino del indio su primera composición, terminada de crear a los 18 años. Este indio tenía nombre; se llamaba Anselmo y fue amigo de Atahualpa en la más tierna infancia del cantor y en la tercera edad del inspirador del tema.

Con el tiempo pasó a ser un himno de la causa indigenista, o aborigen.

Camino del Indio

Otra etapa

En 1937 conocería a la franco-canadiense Paule Pepin Fitzpatrick, Nenette, a quien se uniría en 1946, luego del fracaso de su primer matrimonio con María Martínez. Nenette fue el gran amor de su vida y con ella compartió la autoría de decenas de canciones, que ella firmó con el seudónimo de Pablo del Cerro.

Atahualpa se hizo militante comunista en 1945, (algo que no gustó mucho al peronismo) y cuando asumió una actitud crítica fue silenciado prohibiéndose incluso que otros cantores interpretaran sus temas.

Fue detenido y encarcelado en ocho oportunidades. En una de esas libertades hizo del Cerro Colorado, en la provincia de Córdoba, en su Argentina natal su refugio y su fortaleza. Ya había estado en Europa, y ofrecido conciertos en el bloque comunista, y en la Francia de Edith Piaf. De esa etapa es el episodio vivido en la España de Francisco Franco cuando le pidieron por adelantado las letras de sus canciones para un disco. “Yo no le pido permiso a nadie para cantar mis canciones”, contestó Yupanqui, y se fue de España.

Presencia

Cuando fue levantado el veto oficial que sobre él pesaba en su país, Atahualpa reforzó sus conciertos y sus grabaciones dando a conocer temas inmortales como Le tengo rabia al silencio y Luna Tucumana para posteriormente dar a conocer Los ejes de mi carreta, El payador perseguido y su extraordinario libro El canto del viento. Otros temas del extraordinario juglar son: Piedra y camino, Preguntitas sobre Dios, Milonga del solitario, Zamba del grillo, Chacarera de las piedras, Guitarra dímelo tú y El Alazán.

Fue alma del festival de Cosquín, ese importante y referencial encuentro de música folclórica que se realiza desde 1961 en la provincia de Córdoba, al cual inyectó fuerza y vida, y ganó en 1967. Desde 1972 el gran escenario de Cosquín lleva el nombre de Atahualpa Yupanqui.


Atahualpa en Cosquín. 1969


En la década de los ochenta del pasado siglo Atahualpa logró cristalizar la Fundación Yupanqui en Cerro Colorado, definiéndolo como un sitio para los enamorados de la ecología, la naturaleza, la botánica, los idiomas antiguos. En definitiva un hecho cultural en una zona alejada de todo, y un canto de amor muy personal a la tradición.

En 1990 falleció su compañera, Nenette, y Ata (como se le decía cariñosamente) quedó muy afectado. Dos años más tarde moría en Nimes, Francia, el 23 de mayo de 1992, a los 84 años de edad. Sus restos descansan ahora en el lugar que tanto amó, Cerro Colorado, Provincia de Córdoba, República Argentina.

Entre músicos de Argentina el tema de Atahualpa Yupanqui siempre fue y sigue siendo recurrente. Es el referente de todos, y todos a su manera le han rendido tributo. Inolvidable el de Jairo, quien llegó a compartir intensos episodios con Yupanqui en París con marco de milongas, zambas, chacareras y vidalas.

Refiriéndose a Atahualpa, Jairo señaló en una oportunidad:

“A Yupanqui lo conocí muy bien en París, donde los dos vivimos en los 60. Me acuerdo de que un día me esperó a la salida del Teatro Olimpia, donde yo estaba actuando, y me invitó a tomar un café.

Era un tipo solitario, pero si lograbas ganar su confianza, te dabas cuenta de que tenía un gran sentido del humor; cada cosa que decía era para anotarla. Después nos terminamos haciendo bastante amigos: comíamos juntos o venía a casa a ver tenis, que le gustaba mucho.

Era un tipo sabio, que tocaba la guitarra de una forma muy particular, poco ortodoxa, y que aportó mucho con su poesía, que era realmente muy elevada. Además, fue muy jugado a nivel político y social, muy consecuente con sus ideas. Yo creo que es el Gardel del folclore del interior, el mejor exponente de las grandes extensiones de tierra, de la montaña, del silencio tremendo del que tanto habló y que tanto quería. Sin dudas, “Piedra y camino” es una de las canciones más hermosas de la música argentina”.

Piedra y camino


En el aniversario de su natalicio los cantores de Argentina y de América con seguridad le recuerdan y rinden homenaje. Entre ellos destacan Piero, León Gieco, Soledad, Fito Páez, Víctor Heredia, Liliana Herreros, Teresa Parodi, Jairo y Peteco Carabajal, y seguramente los ya idos, como Jorge Cafrune y la Negra Mercedes Sosa, su gran amiga, se colarán en el aire. Ese recuerdo está en el aire de toda la América mestiza. 

Es que Atahualpa es ejemplo no sólo entre cantores del folclore, no. Atahualpa es ejemplo entre los músicos y creadores sin importar tendencias. Es colcha que cubre la esperanza, es abrazo cálido y firme. Pueblo.

Él lo decía: “Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas,ni sufres, ni gozas con tu pueblo,no alcanzarás a traducirlo nunca. Escribirás, acaso, tu drama de hombre huraño, sólo sin soledad… Cantarás tu extravío lejos de la grey, pero tu grito será un grito solamente tuyo, que nadie podrá ya entender. Sí, la tierra señala a sus elegidos”. (Destino del Canto)

De esta forma América siente al eterno Atahualpa Yupanqui, un elegido,“el que viene de viejas tierras para decir algo”.

Por algo solía decir: “Amigo es uno mismo en el cuero del otro”

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