
Fue genio y figura hasta la sepultura. Y a decir de Johnny Pacheco, cuando abría la boca lo que botaba era gasolina. A lo que él remataba con orgullo al otro lado de la tarima diciendo que era: «el único que respiraba debajo del agua”. Por eso a Héctor Lavoe hay que escucharlo como quien entra a un velorio donde el muerto se ha sentado a tomar café y a echar chistes. Porque en su voz no habita la tristeza. Todo es alegría cargando incluso su propio epitafio a cuesta. Entonces, uno no escucha una garganta educada, escucha el estruendo de la identidad de un barrio entero, el mismo barrio que se acuesta con hambre y amanece con ron en las fiestas de algún santoral..
Puro sabor de barrio
Cuentan en Ponce que nació el 30 de septiembre de 1946, y que desde niño imitaba a los grandes soneros, pero con una pasión que no era de juego. Se vino a Nueva York a los diecisiete años, con los zapatos prestados y los ojos abiertos como dos platos soperos, buscando el sueño que le habían prometido. Pero encontró la nieve sucia y el vapor de las alcantarillas. La Gran Manzana le enseñó rápido que aquí el que no suda, no come, y el que no llora, no canta. Por eso cuando Héctor soltaba su voz en el Cheetah o en el Village Gate, no hacía espectáculo: simplemente confesaba.

Ahí está el secreto mejor guardado. Héctor no era un virtuoso de la afinación perfecta, pero sí uno del desgarramiento. Cantaba con la misma naturalidad con la que un hombre pide un trago en la barra de un bar en medio del alboroto conversacional de altos decibeles. Si uno lo veía de lejos, flaco, elegante dentro de su traje de solapas anchas, parecía un príncipe. Pero bastaba la primera frase, ese “todo tiene su final” que es ya un proverbio callejero, para entender la salsa no como género musical, sino como un concepto, una geografía del alma: ese lugar donde el tambor afroantillano se encuentra con el lamento del invierno y la rebeldía juvenil en el Bronx. Donde la pena y la frustración van de la mano “entre la rabia y la ternura”, para decirlo como Alí Primera.
Y esto suena contradictorio porque repito, Lavoe es sinónimo de alegría, de rumba, de descarga y de coreografías en la pista que echa chispazos de candela con la suela de los zapatos por sus canciones. Su alianza con Willie Colón fue un pacto de realismo necesario: el barrio latino marginal, el que hervía de cuchillos y esperanza, el que encontraba en sus discos un espejo roto donde mirarse.
Espejismos fatales
Lavoe vivía su repertorio; pero la fama, le puso el espejismo en las manos. Héctor empezó a caminar por el filo de sus propias canciones. Llegó la heroína como una amante que le ofrecía la paz que el escenario le negaba; aunque contrario a lo que muchos piensan, el cantante no vivía en ese sueño alucinógeno a diario como lo mostró la cuestionada película de Marc Anthony y Jennifer López. Así lo confirma Tito Nieves quien fue su vecino y corista: “Él no fue como lo pintaron allí. Al contrario, siempre fue buen vecino y amable. Con sus vicios, claro, como todos; pero buena gente y muy tranquilo”.
Luego las muertes: la de su padre, la de su suegra, y sobre todo la de su hijo, Héctor “Puchi” Jr., alcanzado por una bala salida de la estupidez. La vida le estaba escribiendo un pentagrama sin anestesia. El mundo lo quería verlo reír como otras veces en tarima, pero él ya solo podía cantar. Su último acto fue un acto de magia. Caerse del balcón de un hotel y sobrevivir. Quedar atrapado en un cuerpo que ya no respondía, con una voz que, desde la silla de ruedas, narraba su presagio: “Todo tiene su final, nada dura para siempre”. Héctor Lavoe no murió en 1993; simplemente se terminó de gastar, como se gasta un disco muy amado, de tanto hacerlo girar sobre la púa de la vida, como se consume una vela en la oscuridad.
Ahora la incógnita es ¿cómo hubiera celebrado sus 80 años en esta época de tanta carencia de cantantes de verdad? ¿Qué rumbón no se hubiera armado en Ponce y New York? De toda la pléyade Fania era el más querido y quien brillaba como un Sol para alumbrar a los demás cuando se anunciaba a la orquesta. Héctor no cantaba para entretener. “Si no me quieren en vida, cuando muera no me lloren”, dijo muy claro. El detalle es que todo el mundo lo quería y hoy lo seguimos llorando.





