
Uno no elige la música que lo marca. La música llega, se instala y un buen día descubre que ha crecido con uno, que ha sido la banda sonora de las derrotas y los deslumbramientos. Eso me pasó con Willie Colón. Lo escuché por primera vez en aquellos años inciertos de la adolescencia, cuando uno no sabe bien qué quiere pero los oídos sí. Y desde entonces, como un viejo amigo que cambia con los años pero nunca traiciona su esencia, su música ha estado ahí.
El primer encontronazo, cómo olvidarlo, fue con Calle Luna, Calle Sol. El trombón de Colón sonaba insolente, como si en lugar de un instrumento musical fuera la voz del barrio mismo, con sus códigos, sus lealtades y sus peligros. Era otra cosa. Era Nueva York filtrándose por las rendijas, era el Bronx convertido en partitura, era una manera de decir que la calle también merecía su épica. Uno escuchaba eso a los quince años y sentía que la vida adulta, con todas sus asperezas, estaba ahí nomás, esperándonos.
Pero la adolescencia pasa y uno empieza a escuchar de otra manera. Más despacio, con más preguntas. Y entonces descubre que ese tipo del trombón feroz no era solo el niño malo de la Fania. Por debajo de la furia había un músico inquieto, alguien que se negaba a repetirse. Uno pone El Juicio y ya no es el mismo Colón. Hay algo más, una ambición que desborda los tres minutos de canción radial. Como ejemplo está Aguanile con otro no menos irreverente, el flaco Héctor Lavoe. El disco cuenta una historia, tiene estructura, se atreve a pensar. Ahí empezamos a entender que la evolución de un artista no es traición, es necesidad. Willie no quería hacer dos veces el mismo disco, y eso, en un mundo que premia la repetición, tenía un mérito inmenso.
Y de repente, cuando ya creías haberlo entendido todo, llega la herejía mayor. Esos arreglos sinfónicos irrumpiendo en medio del barrio, esos violines y cellos que parecían vestidos de etiqueta pero sonaban a pueblo. ¿Qué era eso? ¿Una traición a la salsa dura? ¿Un intento de escalar socialmente? No. Era más profundo. Era la reivindicación de que el dolor de un solarcito en Puerta de Tierra merecía el mismo tratamiento sonoro que cualquier drama europeo. Era decir: nuestra historia también es grande, también merece orquestas completas, también puede dialogar con la tradición académica sin pedir permiso. Uno escucha después de Lavoe la dupla que hizo con Rubén Blades en Maestra Vida y entiende que la ópera no es solo cosa de teatros lujosos, que el pueblo también tiene sus tragedias y sus heroicidades, y que merecen ser contadas con toda la pompa que la música pueda ofrecer.
Luego vinieron los años y Colón siguió explorando. Se fue a buscar ritmos en la música latinoamericana, no como turista cultural, sino como quien reconoce parentescos olvidados. La cumbia, el porro, el joropo, la samba, todo eso entraba y salía transformado, pero sin perder su esencia. Uno escucha esos discos y siente que Colón entendió algo fundamental: que la salsa no es un género cerrado, es una encrucijada. Un punto de encuentro de todas las sangres, todas las heridas, todas las fiestas posibles de este continente desgarrado y maravilloso.

De allí nace Fantasmas. A mí juicio uno de sus discos mejor logrados porque logra incorporar y fusionar lo que andaba buscando esos años. Fue el reconocimiento a un gigante musical: Brasil. Y vinieron más innovaciones y más temas sociales hasta llegar a Gitana, otro giro de tuerca que nos permite profundizar en la raíz morisca y andaluza de nuestra música latina.
Y ahora, con los años encima, uno vuelve a esos discos viejos y descubre algo más. Que el muchacho del Bronx que tocaba con furia, el productor ambicioso que se atrevió con las sinfónicas, el explorador que recorrió América buscando sonidos, todos ellos son el mismo hombre. Que nunca dejó de ser el trombonista agresivo de Calle Luna, Calle Sol, pero que sumó lecturas, viajes, inquietudes y madurez.
Cuando uno repasa la discografía completa, lo que encuentra no es una línea recta, sino un mapa lleno de bifurcaciones, caminos que se abren y a veces se cierran, experimentos que funcionan y otros que simplemente confirman su derecho a intentarlo. Colaboraciones que fueron un disparo preciso al tino de encontrar cantantes para impulsarlos más allá de sus fronteras como es el caso de Soledad Bravo y Amílcar Boscán. Esa es la verdadera lección de Willie Colón: que la música, como la vida, es un proceso, una conversación inacabada entre lo que fuimos y lo que queremos ser.

Por eso, cuando hoy pongo un disco suyo, no escucho solo canciones. Escucho mis catorce años, mis veinte, mis treinta. Escucho las madrugadas y las mañanas de fiesta. Escucho a un hombre que nunca se conformó y que, sin proponérselo quizás, nos enseñó a no conformarnos nosotros tampoco. Willie Colón a través de su música hizo una manera de estar en el mundo. Con la furia del principio, la ambición del medio y la sabiduría del final. Y ahí sigue, esperando que nosotros lo volvamos a poner. Y lo hacemos. Siempre lo hacemos. Cómo decía Cantinflas: «Parece que se ha ido, pero no se ha ido«, y más allá, en una esquina del cielo estará Héctor Lavoe gritando «¡Te la comiste Willie!»





