Una nueva agrupación aborda el merengue dominicano con solvencia en la nocturnidad porteña y promete afianzarse como alegre muestra de la movida caribeña en Argentina
Eduardo Parra Istúriz
(RCA – 05/10/2026) Quien haya entrado a buscar cumbia o cachengue se equivocó: esa noche La Sucursal se vistió de merengue dominicano con La Santa Vacile, una agrupación que reune a doce músicos de cuatro países distintos para interpretar versiones que pusieron a bailar a un público exultante de energía.

La Santa Vacile surgió de una movida muy particular: a un grupo de músicos residentes en Buenos Aires, venidos de allá y de acá, se les ocurrió reunirse a improvisar en locales por la ciudad, en plan informal. Al cabo de unos meses, varios de ellos notaron que el merengue los hacía vibrar en su mejor frecuencia y decidieron probar.
La batuta la tomó César Labrador, quien junto Nelson Villalobos dirige la agrupación. Ensamblaron temas recientes como La chica del swing, La vaca o clásicos de los ‘70 y ‘80 como Las pequeñas cosas (Las chicas del Can) o Cama y mesa (Fernandito Villalona). La rumba arrancó con las primeras notas de los metales, que fueron el pitazo inicial para que los bailadores inundaran la pista.
Desde todos los rincones
En el frontal brillan cuatro voces de Colombia y Venezuela (Andrea García, Amanda Rozo, Bernardo Viloria y John Narváez), responsables de conducir y animar al público.
Los metales cuentan con el saxo argentino Iñaki Sagarraga, la trombonista caleña Margarita Salazar, el trompetista panameño Iván Jarpa y el mismo César Labrador, saxofonista venezolano. El ensamble armónico cuenta con el piano de Wilson Benavides (COL) y el bajista Nelson Villalobos.

La gran sorpresa es que la percusión recae totalmente sobre músicos argentinos con Juan Crespo en la tambora y Laura Ellinger en las congas.
La Santa Vacile presentó un repertorio bien resuelto con el que gozaron bailadores y melómanos de todas las edades y procedencias. En la pista se mezclaron los pasos caribeños y los intentos del sur, sin importar nada más que la gozadera, el ambiente fue servido perfectamente por los “vacileños” y la noche fluyó para todo el que decidió no perderse esta fiesta.
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